miércoles, 26 de diciembre de 2007

Crispación o consenso

La legislatura que termina suscita una curiosa unanimidad: "se han alcanzado cotas de crispación intolerables" (léase diferencias irreconciliables entre los dos grandes partidos). Al menos hay consenso en el diagnóstico; e incluso en la solución: para el PP, tanto como para el PSOE, la solución pasa por obtener una mayoría suficiente en marzo de 2008. Se supone que esta mayoría es para imponer "su solución" que, simplificando es, en un caso "más de lo mismo" y, en el otro, "todo lo contrario".

Un espíritu libre no puede sustraerse a la crítica de los juicios de valor unánimes. Por eso cabe preguntarse si las cotas de crispación que se han alcanzado han revestido ese carácter catastrófico e intolerable que se les atribuye.

Para examinar la cuestión desde otro punto de vista, propongo tres ejercicios: en primer lugar, un examen teórico de lo que significa la famosa "crispación"; en segundo lugar un inventario de las cuestiones en que se ha producido este enfrentamiento crispado y; finalmente, un recordatorio de otros asuntos relevantes en los que tal enfrentamiento simplemente no ha existido.

Desde el punto de vista teórico "crispación" es sinónimo de divergencia fundamental expresada de forma airada y beligerante. Cada una de las partes crispadas "demoniza" a la otra, es decir la considera como mal absoluto sin mezcla de bien alguno. ¿Es esto necesariamente intolerable? Consideremos la alternativa: los grandes partidos ofreciendo iguales o parecidas soluciones. ¿Cómo decidiría, en tal caso, el votante? Solo veo una respuesta: decidiría por afinidad irracional o sectaria, más o menos con el mismo tipo de motivación con el que se apoya a once tíos dando patadas a un balón frente a otros once que hacen exactamente lo mismo con otra camiseta.

Los desacuerdos fundamentales, es cierto, generan crispación, pero la falta de divergencias dificulta una elección racional y propicia la afinidad sectaria y superficial.

Desde el punto de vista práctico, he podido identificar seis áreas de crispación que se han manifestado en esta legislatura:

  1. En primer lugar, la política antiterrorista. Algunos califican la política del Gobierno como de "negociación" que se enfrentaría la pretensión de "lucha sin cuartel" de la oposición. La realidad ha sido algo más sutil. El Gobierno ha aplicado una política que podríamos llamar "de diseño", más arriesgada en apariencia que en el fondo. Su estrategia, que ha sido, probablemente, el ganar tiempo, no difiere mucho de la que aconsejan los manuales en los casos de toma de rehenes. El principio que subyace es que, a medida que pasa el tiempo, se hace menos probable el derramamiento de sangre y más probable la rendición de los secuestradores. En cualquier caso, esta política sinuosa es radicalmente opuesta a la persecución implacable preconizada por el PP.
  2. En segundo lugar, la política autonómica. Sin el trasfondo dramático del terrorismo, la política del Gobierno ha seguido parecidas pautas sinuosas. Formación de gobiernos con partidos independentistas como ERC y BNG, estatutos de autonomía con la apariencia de constituciones, una política complaciente con los nacionalismos tradicionales e incluso de apoyo al surgimiento de otros con menos arraigo.

Frente a ella, la oposición se ha concentrado en la defensa a ultranza de determinadas líneas rojas, allí donde el arraigo social del nacionalismo haría peligrar la unidad del Estado.

  1. En lo que se refiere a la educación, la política del Gobierno se ha sustentado en dos principios continuistas: el de la autonomía de las CCAA en materia educativa y de los principios pedagógicos "progres" de la LOGSE. El caballo de batalla de la oposición del PP a esta política ha sido la asignatura "Educación para la Ciudadanía", cuyo temario estaba abierto a todo tipo de adoctrinamiento "progre" en materia de costumbres.
  2. En política exterior, el Gobierno ha tratado de hacer todo tipo de guiños a los fetiches populistas y antiamericanos de la imaginería "progre" y a los socialdemócratas perdedores de la Europa continental. Mientras tanto el PP, sin decirlo abiertamente, ha mantenido el impopular respaldo a la política de supremacía e intervención unilateral de los Estados Unidos..
  3. La política de grandes infraestructuras ha crispado también las relaciones entre los dos grandes partidos, sobre todo a propósito del trasvase del Ebro (agua subvencionada para el regadío en Valencia y Murcia), proyecto que rápidamente hizo abortar el PSOE, más quizá por consolidar su liderazgo en Aragón que por la propia irracionalidad económica de la empresa.
  4. Finalmente, la crispación se ha centrado en lo que podríamos llamar política de gestos: una ley de Memoria Histórica dirigida al consuelo moral de los perdedores en la guerra civil y unos cambios en el Código Civil para llamar a la unión entre homosexuales con el mismo nombre entre personas de distinto sexo (política de equiparación en todos los campos).

Tras hacer este repaso, es de justicia anotar las profundas coincidencias entre ambos partidos en cuestiones básicas tales como el sistema económico y el bienestar social. El Ministerio de Economía de Solbes se ha parecido al de Rato tanto como el de Rato al anterior de Solbes. Pocas cosas han sido tan continuistas en este cuatrienio como la política económica. El Gobierno, cuando se trataba de las cosas de comer, ha dejado de lado el populismo progre y mantenido el "common wisdom". Así, la ley de Defensa de la Competencia se ha aprobado con los votos favorables de PSOE y PP, como lo ha sido, en el ámbito de la política social la Ley de Dependencia, auténtico pilar del Estado de bienestar del siglo XXI.

En definitiva, ha habido sí, mucha crispación pero también se han aclarado las opciones básicas y, con ello, se ha dado lugar a la aparición de nuevos partidos, como Ciudadanos, capaces de conjugar soluciones de uno y otro lado e incluso a presentar propuestas más progresistas, allí donde el silencioso consenso PP-PSOE se ha establecido mas bien en el lado conservador.

Juan Manuel Ortega

martes, 25 de diciembre de 2007

De casas comunes y nervios preelectorales

Llegan las Navidades, se acercan las elecciones y los grandes partidos van definiendo sus particulares cartas a los Reyes. Este año, el juguete más codiciado, el que causa sensación y provoca más suspiros de anhelo entre los políticos en dificultades en Cataluña es la llamada casa común o "casa gran".

Se adelantó el dos veces casipresidente de la Generalitat, el Bastante Honorable Artur Mar, al sacarse de la chistera la idea de convertir Convergència i Unió en una "casa gran" catalanista con la que ahuyentar los malos espíritus de crisis y desconcierto que acechan al antiguo "pal de paller", por seguir con las metáforas de masía, de la época pujolista. Se trataría, parece, de una "casa gran" con sus portones abiertos de par en par a gentes de cualquier ideología, de izquierdas, de derechas o de centro, católicos practicantes, rabiosos anticlericales, abiertamente separatistas, disimuladamente soberanistas, autonomistas despistados, burgueses reconvertidos, democristianos impacientes, patriotas de linaje, ex socialistas amortizados. Todo vale y todo cabe en la "casa gran" de Mas. Todo vale y todo cabe, quizá, porque la casa convergente se vacía en una agonía lenta pero inexorable, decepcionada la antigua parroquia con la menguante calidad y cantidad del convite que se le ofrece de unos años a esta parte. Tan grave es la hemorragia que ya no son más que dos las condiciones que se exigen al aspirante a entrar en tan venerable casa. La primera, irrenunciable, es poder probar su pertenencia a esa estirpe gloriosa del catalanismo, que orgullosamente se considera a sí misma la única con el derecho y el deber de tomar parte en los asuntos que atañen a Cataluña y a los catalanes, catalanistas o no. La segunda, but not least, es que quien entre lo haga dispuesto a someterse y a apuntalar la hoy por hoy precaria autoridad del líder máximo, que no debe ver muy asentada su posición entre los propios cuando se ve obligado a convocar a los ajenos.

La propuesta ha creado escuela en la derecha catalana y a la ocurrencia convergente hay que añadir ahora otra "casa gran", la casa común del no nacionalismo que recién ha propuesto el nuevo líder del Partido Popular de Cataluña, Daniel Sirera, en una entrevista en Libertad Digital. Apenas unos meses después de aterrizar en la presidencia del PP regional tras la dimisión de Piqué, Sirera pretende visualizar el último golpe de timón (y van...) de la formación derechista en Cataluña manifestando su ambición de convertirla, en el tiempo récord de 4 meses, en una casa común en la que puedan reunirse no nacionalistas de izquierdas y de derechas, sin más nexo de unión que la defensa de la "libertad" en Cataluña y, concretando un poco, la disposición a colaborar desinteresadamente para convertir a Mariano Rajoy en presidente del gobierno. Todo ello, aderezado con la afirmación, hecha sin sombra de sonrojo, de que los políticos del PP son "los únicos que defendemos una Cataluña donde la gente pueda sentirse libre, pueda sentirse catalana y española sin necesidad de ser nacionalista".

Pierde de vista el señor Sirera, o lo pretende, que si el PP hubiera sido, no ya "el único" en la lucha contra la exclusión nacionalista (una falsedad de tal calibre que no vale la pena detenerse en ella), sino simplemente un defensor fiable, firme y coherente de los derechos de los ciudadanos frente a las políticas nacionalistas, quizá ahora no tendría que aplicarse en la ingrata tarea de reciclar los escombros que implícitamente reconoce haberse encontrado en una nueva casa común no nacionalista, de cimientos inciertos pero con suficiente apariencia, que dé cobijo sin distinción de izquierdas ni derechas. Una tarea, por cierto, que es del todo incompatible (y es la segunda contradicción) con su también anunciada pretensión de "ofrecer [en Cataluña] el mismo Partido Popular que existe en toda España", porque el PP es un partido conservador ubicado en la derecha clásica, muy alejado de la beatífica apertura a "izquierdas y derechas" que promete Sirera, y que ha demostrado en repetidas ocasiones su falta de escrúpulos a la hora de explotar electoralmente las tensiones territoriales y combinar la retórica escandalizada en Madrid con la mansedumbre perruna o el silencio cómplice en Cataluña.

Y es que el Partido Popular, recordémoslo, colmó las expectativas centrífugas de Xabier Arzalluz en 1996, que pudo presumir de haber obtenido "más de Aznar en unos meses que de Felipe González en trece años". El PP renunció a interponer recurso de inconstitucionalidad contra la ley del catalán de 1998. El PP prestó apoyo parlamentario a los gobiernos nacionalistas en Cataluña entre 1996 y 2003, es decir, cuando le hacía falta el apoyo de CiU en Madrid (1996-2000) y cuando no (2000-2003). El PP concurrió a las últimas elecciones catalanas con la confesada aspiración de formar una mayoría de orden con CiU, y tachando como ultraderechistas, anecdóticas, frívolas y folclóricas las demandas y las propuestas no nacionalistas que ahora declaran querer acoger en su amoroso seno. Y, lo que es más grave, el PP pretende ahora atraerse a unos partidos nacionalistas con los que "hay muchos espacios de acuerdo" (como dice el señor Juan Costa) aunque entre ellos no se cuente, se ve, el respeto al espíritu y la letra de la Constitución. ¿Cómo casar esta trayectoria y estas intenciones con la filosofía de la "casa común" de Sirera sin caer en la esquizofrenia política, el cinismo o la tomadura de pelo a los electores?

La formación del señor Sirera está políticamente incapacitada para liderar una alternativa no nacionalista y de progreso en Cataluña y en el resto de España, entre otras razones, porque forma parte esencial del turnismo de partidos en cuyo seno han podido nacer, crecer y reproducirse las políticas y el proyecto excluyente del nacionalismo. Las viejas formas de hacer política, la política de la opacidad y el cinismo en que tan bien se mueven los dirigentes de los dos grandes partidos nacionales, están en el origen de buena parte de los desafíos y las amenazas que el nacionalismo hoy plantea contra los derechos y las libertades de los ciudadanos de Cataluña y de toda España. En ese balance, el PP es demasiado pirómano como para que resulte creíble su pose de bombero; más parte del problema que de la solución.

Los líderes del PPC son conscientes de ello. La huida hacia delante que se oculta tras el lanzamiento de la "casa común" así lo atestigua. Como en el caso convergente, el tamaño de la casa proyectada es directamente proporcional a la magnitud de la crisis que se barrunta, se siente o se presiente en el partido-solar. Y también como en el caso de CiU, la grandeza de las pretensiones es tanto mayor cuanto menores son sus ambiciones reales: apuntalar el alicaído liderazgo de Mas en CiU o consolidar el titubeante mando en plaza de Mariano Rajoy (a poder ser, ejercido desde la Moncloa) en la derecha española.

Pero si el PPC del señor Sirera no aspira a más que a llevar a Mariano Rajoy a la Presidencia del Gobierno con la venia de las minorías nacionalistas, el centro-izquierda no nacionalista que lidera Ciudadanos es mucho más ambicioso. No queremos poner a uno o a otro en la Moncloa, porque sabemos que unos y otros son más de lo mismo que ha gobernado España en los últimos treinta años, con los resultados conocidos. Queremos renovar la política española con la llegada al Congreso de una propuesta nueva, la primera alternativa política progresista surgida íntegramente de la ciudadanía tras el restablecimiento de la democracia. Una propuesta y una alternativa que no van a llegar, desde luego, confundidas entre las siglas de ninguno de los partidos que ya se sientan en la Carrera de San Jerónimo.

Comprendemos que el PP y el resto de los partidos tradicionales envidien y recelen del dinamismo y el empuje de una fuerza como Ciudadanos, y que intenten apropiarse de ella y de su vitalidad. Somos una fuerza activa, "complicada" para Sirera, precisamente porque tenemos la vida y el debate (y los conflictos) que no se encuentran y que tanto sorprenden entre las formaciones más consolidadas. El Partido Popular del señor Sirera, en particular, parece tener un especial interés en confundir al electorado de cara a las elecciones generales de marzo, y quizá en esa clave haya que descifrar muchas de las maniobras que se han prodigado en los últimos días hacia Ciudadanos. Entre ellas, la "casa común" no nacionalista, pero sin desdeñar la filtración de supuestos (y desmentidos) acuerdos pre-electorales entre C's y el PP, las declaraciones ambivalentes, la intoxicación persistente y los demás gestos más o menos agresivos, de discutible elegancia y limitada eficacia que hemos visto recientemente.

La realidad, sin embargo, es más tozuda que las más tozudas estrategias del PP de Cataluña. Y cuando el humo se desvanece, la confusión desaparece con él y las diferencias y la distancia entre los proyectos políticos de Ciudadanos y del Partido Popular, con o sin casa común, resultan inapelables. Un partido de ciudadanos metidos en política frente a un partido de políticos vestidos de ciudadanos una vez cada cuatro años (...y ahora toca). Una alternativa progresista y no nacionalista, laica y heredera del socialismo democrático y el liberalismo progresista; frente a un partido situado en la vieja derecha clásica, conservador en lo social, liberal (sólo) en lo económico y confesional en lo moral. Una nueva forma de hacer política, de ciudadanos y para ciudadanos, frente a un más de lo mismo, corregido y aumentado. Un proyecto para transformar España, frente a un proyecto para alojar a Mariano Rajoy en el Palacio de la Moncloa. Una formación que rechaza el mercadeo con los nacionalistas frente a un PP que se sirve de ellos para sus intereses de partido, que lo va a seguir haciendo y que aspira a sumar sus escaños para alcanzar la ansiada meta presidencial. Ya puede desengañarse, señor Sirera: no hay casa común capaz de albergar dos concepciones de la política, de la democracia y de la ciudadanía tan dispares como la de Ciudadanos y la del Partido Popular. Nos encontrará a su lado cuando defiendan la libertad frente a la opresión, la democracia frente a la imposición, los derechos del ciudadano frente a las servidumbres de la etnia, el Estado de Derecho y el imperio de la ley frente a la arbitrariedad. Allí hemos estado siempre y allí esperamos encontrar a su partido cuando se presente la ocasión. Pero para ello no hacen falta ni casas comunes ni inventos exóticos. Basta con que ustedes asuman su responsabilidad. Hoy. Mañana. Y pasado.


 

Juan Antonio Cordero Fuertes

Miembro del Consejo General de Ciudadanos – Partido de la Ciudadanía (C's)

lunes, 24 de diciembre de 2007

¿ACABAR CON LA CRISPACIÓN?

Está muy de moda rasgarse vestiduras y golpearse los pectorales ante la insufrible crispación vivida esta legislatura. Todos, o muchos, invocan a los dioses conocidos para que tal infierno no se vuelva a repetir ( en justicia diremos que se apela más a los dioses afines al PP). Muy poquito hemos leído sobre las razones políticas y fundamentales de esta crispación, y, por lo tanto, sobre cómo evitarla.

La versión oficial.- "pelín" sesgada, "pelín" interesada- reprocha al PP sus malos modos, su santa cólera extravertida permanente y, dejándolo caer, su falta de sentido de Estado. ¿Eso es todo? Sería poco serio pensarlo.

Se nos antojan, al menos, cuatro motivos para la alta tensión que ha caracterizado al cuatrienio:

a/ En primer lugar, sin duda influyó en la primera parte la horrorosa tragedia que presidió las elecciones, lo que provocó un trauma en el PP que tardó tiempo en digerir democráticamente. Parece que este factor ya pasó.

b/ En segundo lugar, y para el que suscribe un motivo esencial, es que el Gobierno de esta legislatura no ha sido una alternancia al uso. Este Gobierno, aparte de gestionar con menor o mayor acierto los asuntos habituales ( Ley del divorcio, Ley de Dependencia, infraestructuras, economía, etc…) ha dado un vuelco prácticamente revolucionario en su actitud ante la Constitución y ante el separatismo. Este Gobierno se ha entregado en manos de los separatistas durante casi toda la legislatura ( alianza inaudita con ERC, cesiones políticas al separatismo vasco, estatuto de Cataluña, etc…).En una palabra, este Gobierno se ha cargado el espíritu de la Transición y ha permitido la aceleración del desguace de España. Este tipo de medidas y decisiones políticas no son de orden rutinario, y quién se opone a ellas, no puede oponerse tibiamente, porque son raíces fundamentales de la existencia y de la convivencia.

Uno no está discutiendo unos euros de más en el salario mínimo; está debatiendo sobre la ruptura de la unidad de mercado en España; uno no está discutiendo sobre lo atinado del informe Pisa, está luchando porque sus hijos puedan estudiar en castellano en toda España; uno no está discutiendo sobre la sustitución de los gobernadores civiles, está peleando porque no haya una relación bilateral entre una región y el Gobierno de España; en fin, uno no está discutiendo para que España mejore, sino para que, por lo menos, no sea un Estado residual. Estos temas no pueden ser objetos de retórica florentina. No es tanto porque levanten pasiones, sino porque levantan desesperación. Cuando uno tiene la impresión -equivocadamente o no- de jugarse el ser o no ser, de jugarse su existencia (como Nación, por ejemplo), uno grita. El revolcón dado a una serie de valores fundamentales, otrora compartidos por todos, ha influido muy mucho en que subiese el tono en esta legislatura..

c/ Un tercer motivo, ligado al anterior, es que los partidos separatistas, con la etiqueta de nacionalistas o no, a la vista del giro copernicano de la izquierda, se han envalentonado y han exacerbado sus posiciones políticas impunemente hasta límites insoportables.

d/ Finalmente y como cuarto motivo, el mayor partido de la oposición sin duda ha mantenido una permanente actitud destructiva, negativa y muy agresiva. Ha trasladado su energía y acritud ante los graves dilemas arriba señalados a cualquier decisión del gobierno, así fuera de nimia, rutinaria o….acertada. Ha bañado todo el cuatrienio en ambiente de bronca.

Y ahora, ¿existen remedios de cara al futuro?. Permítasenos algunas ideas.

a/ Para evitar la crispación, creemos absolutamente indispensable que se den Pactos de Estado en temas esenciales para la convivencia ciudadana, indispensablemente en consolidación del Estado, educación e igualdad de derechos de todos los ciudadanos españoles. Así lo ha reclamado ya un partido de la tercera vía: Ciudadanos.

b/ Creemos también que el PP debería evitar llevar todos los temas sociales a temas esencialistas y morales, como si cualquier decisión política que no comparte ofendiese al mismo Dios. Por ejemplo el PP puede no compartir que se matrimoneen los homosexuales, pero llevarlo al Constitucional es perder credibilidad por exagerado.

c/ Creemos que los portavoces y los secretarios de organización de los dos partidos actualmente mayoritarios deben desaparecer de sus funciones y de nuestras radios y televisiones. Son responsables directos de la crispación más zafia e intelectualmente más mísera.

d/ Creemos que ambos partidos han de acordar apoyarse cuando se trate de evitar el chantaje separatismo-nacionalista.

e/ Y creemos, sobre todo, que la población debe demostrar su hartura ante los partidos tradicionales y crispantes y optar por votar a nuevos partidos honestos y con espíritu renovador como, por ejemplo, Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía.

Enrique Calvet

martes, 18 de diciembre de 2007

Balancines fiscales

Casi nos la cuelan.

Llevábamos años de burda manipulación de los nacional-separatistas en torno al manido asunto de las balanzas fiscales, y ahora resulta que a cuenta de un nuevo estudio –“Las balanzas fiscales de las comunidades autónomas con la Administración Pública Central (1991-2005)”, de Ezequiel Uriel y Ramón Barberán, publicada por la Fundación BBVA en noviembre de 2007–, ahora resulta, digo, que las conclusiones son las mismas… pero al contrario: que la comunidad expoliada o solidaria– que cada cual elija la terminología de sus amores– es Madrid y no Cataluña.

En un estudio elaborado en noviembre desde el prestigiosísimo Cercle d’Estudis Sobiranistes, titulado con un suficientemente expresivo “Infraestructures a Catalunya: un col·lapse anunciat”, los autores del raquítico estudio –10 páginas tan sólo– sabían sobreponerse a las grandes dificultades metodológicas presentes en los trabajos de estas características, para concluir, con tintes paranoico-conspirativos, y evidenciando una nula capacidad de sorpresa: “Sin Estado, Cataluña no tiene futuro. Con el Estado al contra, no tiene ni presente”.

En marcado contraste con ejemplos tendenciosos hasta el extremo como el recién citado, el estudio de Uriel y Barberán, en un afán encomiable, anunciaba su pretensión de perfeccionar la metodología de cálculo de las balanzas fiscales. Y es por ahí por donde caminamos en la dirección correcta, como muy bien ha escrito el economista asturiano Manuel Sarachaga.

Más que lanzarse a interpretar los resultados aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, tal y como se apresuraron a hacer los grandes medios tras el anuncio de su publicación, el trabajo de Uriel y Barberán debe ser examinado meticulosamente desde una óptica metodológica.

Así, en este estudio de la Fundación BBVA , los resultados se obtienen con arreglo al denominado enfoque ‘carga-beneficio’ para todas las autonomías en el período comprendido entre 1991 y 2005. Según este enfoque, los ingresos de la Administración Central se imputan al territorio donde residen las personas que, finalmente, soportan su carga. Los gastos, por su parte, son atribuidos al territorio donde residen las personas que disfrutan de sus beneficios.

Por evidente que pueda parecer esta opción metodológica, conviene detenerse un instante en los distintos modos de imputar ingresos y gastos. Los criterios de ‘territorialización’ contienen la mayoría de las claves interpretativas de los resultados matemáticos obtenidos.

Por el lado de los ingresos, por ejemplo, es preciso abordar el problema del tratamiento otorgado al impuesto de sociedades. Todas las empresas, por más que operen en el ámbito nacional, tienen su sede social en una localidad y comunidad autónoma determinada. Estas empresas, sin embargo, extraen su beneficio antes de impuestos –magnitud objeto de gravamen– de las múltiples transacciones de naturaleza comercial efectuadas a lo largo y ancho del territorio.

Siendo esto así, resulta difícilmente justificable contabilizar en los cálculos de balanza fiscal esos impuestos sobre el beneficio como ‘propios’ –mediante dudosas asunciones intermedias– de los territorios donde las empresas gozan de claros incentivos para fijar sus centros corporativos –Madrid y Barcelona principalmente en el caso español–.

Y como este ejemplo otros tantos. Las balanzas fiscales son instrumentos toscos. No se pueden blandir frívolamente como armas políticas en un sentido u otro.

Pero que nadie se alarme por estos incómodos obstáculos teóricos a la manipulación informativa. Existe un buen modo de corregir el injusto expolio o la excesiva solidaridad de esa criatura llamada balanza o balancín fiscal –por su incontestable contenido ludo-político–. Consiste, para el caso catalán, en anexionarse territorios con contribuyentes de poca estofa en la limítrofe provincia de Teruel. ¿Creen que es broma? Pues si consultan la edición catalana del Trivial Pursuit –Trivial Catalunya– quizá empiecen a pensar que no lo es tanto….

Jacobo Elosua

domingo, 16 de diciembre de 2007

Dignidad para la ciudadanía

A mi amigo Norberto.

Veamos la situación. Nuestro dinero vale mucho menos. Debido a la inflación galopante, los mil euros del célebre mileurista compran menos cosas todavía. Nuestros ahorros, si están en depósito o renta fija, valen menos. Es decir, en general, somos más pobres salvo algunos como los que acceden a la condición de pensionista o de parado que son…. ¡mucho más pobres! Si nuestros ahorros (el que tenga) se han colocado en la compra de algún piso, éste vale menos y valdrá menos, a la vez que será mucho más difícil convertirlo en liquidez ( o sea, venderlo o trocarlo por un préstamo bancario). Lo dicho, somos más pobres. Quedaría la bolsa, las acciones. Está estancadilla dentro de su volatilidad ( que lo que sube hoy baja mañana) y los "expertos" le pronostican pocas alegrías. Aparte de no ser una solución para un gran número de compatriotas. O sea que no nos saca de pobres.

Como somos más pobres, los bancos nos prestan con más dificultad (nuestro piso avala menos) y mucho más caro. Pero es que, además, una serie de insensatos de la banca mundial que se habían dedicado a prestar a troche y moche a cualquier pringadete, no han logrado recuperar esos dineros (normal) y se han quedado con las cuentas temblando. Es decir que también son más pobres (los bancos, no los banqueros) y aún prestan mucho menos y mucho más caro. Sobre todo prestan menos y más caro a las empresas, que, además ven como les compramos menos cosas porque somos más pobres. Como desde fuera de España tampoco les compran gran cosa porque nuestros precios suben más y tenemos menor competitividad por problemas estructurales no resueltos, resulta que tienen que producir menos, lo que significa menor contratación de currantes y mayores despidos. –Dicho sea de paso, cuando se habla de problemas estructurales, a algunos se les hacen los dedos huéspedes y se van al despido barato. Pues sepan que la ruptura de la unidad de mercado, un sistema educativo calamitoso y una clase política nefasta son mucho más graves problemas estructurales-.

Si todos somos más pobres y hay más desempleados, es necesario tener un buen "salario social" (educación y sanidad públicas, ayudas al parado, fuerzas de seguridad abundantes, justicia) para no tener que pagarnos nosotros las cosas a nivel privado. Pero como se ha jugado desde hace años al peligroso divertimento de "hago como que te bajo los impuestos a costa de tu salario social" , porque hemos decidido no ser como Suecia, que está "démodée", pues por ahí también somos más pobres, ya que nos subirán los impuestos, mal y a destiempo, y tendremos que pagarnos las cosas privadamente y más caro.

Se podría haber enfocado el modelo por otra punta y añadido más variables, pero la conclusión sería la misma. Somos más pobres que hace un año, y vamos a serlo más.

Todo esto acompañando una injusta distribución de la renta y riqueza que alcanza cotas inmorales y nunca vistas en la historia reciente y no tan reciente. O sea que "El Pocero" es infinitamente más rico y los poceros son mucho más pobres.

Les voy a contar dos remedios nacidos de la "Nueva Política Económica del PSOE" que he leído en prensa poco ha. Una consiste en que comamos conejo, que está barato. Otra es que no nos pasemos en las propinas. A la vista de esto creo que el primer derecho que deben exigir los ciudadanos de esta nación, con sus partidos ciudadanos al frente, es el derecho a que no se mofen de ellos. Lo menos que debe tener un político, sobre todo si es incompetente, es respeto. Y el conejo se lo va a comer un pariente cercano del que yo me sé y, además, con propina.

Pero todo esto viene a colación, en estos momentos de pre-crisis económica, para recordar que la expansión y el reforzamiento del ciudadano pasa también por su dignidad social y derecho a poder satisfacer sus necesidades materiales elementales. Hoy en día, hay que hacer extensivo el concepto de ciudadano cómo miembro de una sociedad depositario de unos derechos políticos que le permiten influir en la vida y gobierno de esa sociedad, al de miembro con derechos políticos y sociales. Es muy difícil ejercer de ciudadano si uno ve vetado el acceso a una vivienda digna, a un sueldo razonable, a la posibilidad de fundar una familia, a poder tener una educación con futuro y un largo etc…Ser ciudadano y ejercer como tal comienza por no ser esclavo de la miseria ni siervo abnegado del sistema. Por eso hemos visto cómo un partido como Ciudadanos-Partido de la Ciudadanía tiene como uno de sus cuatro pilares fundamentales de actuación y de oferta electoral, el restablecer las bases para que las personas que más importan vayan recuperando su dignidad y la prosperidad suficientes para integrarse socialmente y construir una sociedad justa. No se trata sólo de combatir el chantaje nacionalista ( lo que es indispensable hasta para resolver estos problemas), se trata de construir una España solidaria de ciudadanos dignos.

Enrique Calvet

EL ADN SOLIDARIO DE CIUDADANOS

Ciudadanos es el primer partido que se ha creado con el objetivo de oponerse a la guerra competencial insolidaria desatada por los partidos independentistas, los nacionalistas y las estructuras caciquiles regionales.

No existen en la actualidad partidos que hagan esta misma apuesta, exceptuando a UPyD.

El PP gobierna Navarra con los mayores privilegios de todo el sistema autonómico español, y se ha comprometido en la reforma de los estatutos Andaluz, Valenciano y Balear; el PSOE ha dado curso a todos estos y además al catalán, y gobierna en Cataluña en coalición con ERC, en Galicia con el BNG y en Baleares con grupos independentistas; IU suma a lo anterior su coalición con el PNV y EA en el País Vasco. Además, todos los partidos nacionales con responsabilidades autonómicas intentan permanentemente incrementar sus competencias a costa del estado. Nada de lo anterior parece detener la insaciable avidez soberanista.

Por qué habría que oponerse a esta guerra competencial y a las cesiones que se están realizando por parte del estado?

Porque el desmontaje de la unidad española es una operación insolidaria: se dirige a reducir el ámbito de igualación de derechos entre los ciudadanos, o al menos a dejarlo en un hecho formal, desproveyendo al Estado de los instrumentos para que esta igualación se lleve a cabo: la capacidad legislativa, los medios económicos y la intervención directa. Un estado ya vaciado por los procesos de privatización de sus empresas, incluso aquellas en sectores estratégicos, y por las transferencias de soberanía a la UE, se ve ahora reducido a residual por los traspasos a las autonomías y sin capacidad de formulación de proyectos para el conjunto de los ciudadanos.

Ciudadanos nace pues como una expresión solidaria en su núcleo político, entendiendo este concepto como el reconocimiento de que todo ciudadano español debe poder ejercer todos los derechos que le garantiza nuestro pacto de convivencia: la Constitución de 1978. Estos derechos son tanto los derechos individuales, las libertades civiles y políticas que allí se recogen, como los derechos sociales y al estado de bienestar, y los principios constitucionales en relación con las políticas económicas y sociales. No son una enumeración meramente defensiva, sino un dispositivo para la acción, la modernización y la articulación de proyectos de futuro.

Por eso mismo está en el ADN de Ciudadanos la pugna porque esos derechos se hagan realidad. No hay diferencia para este partido entre privilegios territoriales y privilegios económicos y sociales. Ambos son la antítesis del concepto de ciudadanía en la media en que hagan de obstáculo a que los derechos constitucionales se hagan realidad y a la igualdad en el acceso a su ejercicio. Y ambos son reaccionarios en cuanto se oponen a que los derechos ciudadanos se incrementen en extensión y calidad.

Este es un concepto que Ciudadanos ha visto con claridad y que lo aleja del resto de las formaciones políticas existentes. Unas, porque si bien dicen rechazar la insolidaridad social ceden ante los privilegios territoriales; otros, porque si bien dicen rechazar estos últimos, son los adalides de los privilegios económicos. En ambos casos la realidad es que los privilegios territoriales y económicos avanzan y los derechos ciudadanos ceden.

Ciudadanos se ve abocado, por la lógica de su propia creación, a ser el partido de los derechos ciudadanos en general.

En cuanto a UPyD: ha cercenado arbitrariamente los principios desde los que se deduce la oposición al nacionalismo. Porque si no se hace desde posiciones de ciudadanía, solidaridad e igualación de derechos, posiciones que no se pueden fragmentar ni limitar a discreción en su despliegue por motivos oportunistas, no hay lugar posible desde donde hacerla.

Salvo que se intente hacerlo desde el nacionalismo español.

Sería un engaño, porque qué es la nación española más de lo que son sus ciudadanos? Y qué es la ciudadanía más que la titularidad de los derechos que los pactos nos han otorgado?

Y qué legitimidad tienen las políticas de modernización, racionalidad y eficacia si no es la de servir mejor a los ciudadanos? Pude estarse a favor de eliminar los privilegios territoriales y de mantener en cambio los económicos?

La manifestación celebrada el sábado 15 de diciembre en Bruselas contra el alza del costo de la vida y contra la guerra competencial entre valones y flamencos da una clave sobre cuál es la solución para este desvarío. Tendrán que ser los ciudadanos los que hagan ver a sus dirigentes que no están dispuestos a que la agenda competencial insolidaria reemplace a la agenda de sus problemas reales.

Norberto Beirak

miércoles, 12 de diciembre de 2007

‘RIP’ al Impuesto sobre el Patrimonio

Publicado en Estrella Digital

Luis de Velasco

En unas recientes jornadas organizadas por el semanario liberal The Economist, en presencia de una nutrida representación de las clases dirigentes del país (las puestas en escena siempre mandan un mensaje), el presidente del Gobierno firmó el certificado de defunción del Impuesto sobre el Patrimonio. Zapatero proclamó el deseo de contar con un sistema tributario "razonable, equilibrado y simplificado". Obsérvese que ha desaparecido la mención de "equitativo", una de las señas de identidad forzosa de la socialdemocracia. Sin equidad en el ingreso público, no cabe hablar de política redistributiva en el gasto. Por eso, hablar de que Zapatero prosigue su viaje el centro tras esta decisión es un error. Se ha encontrado con Rajoy, que lo ha recibido con entusiasmo.

Lo que está detrás de esta decisión, una más, es una determinada visión de lo público, visión que se inscribe plenamente en la ideología dominante desde Thatcher y Reagan que, en síntesis, sostiene que los gobiernos (es decir, lo público en la economía) no son la solución sino el problema. En el caso español, aderezado por la creencia, impuesta desde los círculos dominantes de pensamiento, de que la "carga fiscal" (y ya hablar de "carga" es sintomático) es insoportable. No es cierto, las estadísticas comparativas demuestran lo contrario, que nuestra presión fiscal sigue por debajo de la media de la UE. Pero esa afirmación se ha impuesto como "verdad" incontrovertible.

Este impuesto, que se presenta como un azote más de las clases medias, afecta a poco más de 900.000 personas. Escasas clases medias hay en nuestro país. Pero más escasas son las clases altas, pues sólo 132 contribuyentes declararon en el 2005 más de 30 millones de patrimonio. País de pobres, ¿qué ha sido de las grandes fortunas, las de siempre y las de ahora? Ese año, poco más del 70 por ciento de los contribuyentes aportaron el 25 por ciento de la recaudación, mientras que el 6,5 por ciento aporta más del 40 por ciento. La dispersión es notable, lo que quiere decir que al suprimirse este impuesto unos pocos se ahorrarán mucho, más de cien mil euros, y muchos, una miseria.

Es cierto que el impacto equitativo de este impuesto es ridículo porque, como bien dijo el presidente en ese acto, "las clases más altas encuentran diversos instrumentos y fáciles mecanismos de elusión". Le faltó añadir que son los mecanismos que la legislación y la práctica administrativa ponen a disposición de esas clases. Lo que hay que hacer entonces no es suprimir este impuesto sino reformarlo, así como revisar esos mecanismos de elusión de las clases altas y luchar decididamente contra la evasión fiscal, todo ello en nombre de esa equidad abandonada. Pero para esto hace falta una cosa que se llama voluntad política, decisión para enfrentarse a intereses muy poderosos. Así como recordar que los sectores públicos limitados y vigorosos son la mejor receta para un sociedad y una economía al mismo tiempo más eficiente y más justa. Algo de lo que estamos lejos todavía, cuando nuestro gasto público total está varios puntos por debajo de la media de la UE, sobre todo en lo relativo al gasto social.

Luis de Velasco