viernes, 30 de noviembre de 2007

Se me saltan las lágrimas

“Es catalán quien así se siente, o quien vive en Cataluña y lo quiere ser. El sentimiento de pertenencia es más importante que la condición administrativa de vivir en un territorio. Y en cualquier caso, la voluntad de ser catalán es el elemento más determinante”. Artur Mas, 20 de noviembre de 2007.

El líder de Convergencia Democràtica de Catalunya, una vez más, reinventa la historia moldeándola a su gusto. Emplea desvergonzadamente el término ‘colonias interiores’ para referirse a Cataluña y su encaje en España a lo largo de la historia; se cuelga la medalla –en la pechera del catalanismo– de haber ‘regenerado España’; y reclama por último el amor al ‘país’ por encima de la ideología.

La visión de ‘Catalunya’ expuesta por el señor Mas en su conferencia política del pasado día 20 hunde sus raíces en un pasado muy oscuro, negando todos los avances en la ciencia política, de las democracias liberales y del ideal de ciudadanía, experimentados desde hace más de dos siglos. Es todo un homenaje a la modernidad en retroceso.

Por otra parte, conocíamos también hace unos días que Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, ex diputado de UCD y de AP y uno de los siete ‘padres’ de la Constitución, había sido galardonado con el XIII Premio Jurídico Pelayo para Juristas de Reconocido Prestigio en reconocimiento “a su labor como político y jurista”.

El fino jurista que Miñón lleva dentro reiteró su confesión positivista y se destapó con las siguientes declaraciones en apoyo de sus ya conocidas tesis defensoras de los derechos históricos:

“Un cuerpo político [dijo refiriéndose a España] para ser verdadero ha de surgir del ethnos prepolítico, decantado por el tiempo y basado [...] en la afinidad física y espiritual, en la de las facultades y las convicciones”. Sencillamente fantástico, y muy positivista por cierto…

Pero no se queda aquí la cosa. No señor. Lo mejor de la información aparecida en el diario El País cubriendo la entrega del premio venía al final. Es en las últimas líneas del artículo donde se consignaba que –liberado quizás de tensiones tras el anuncio de su próxima retirada– el presidente del Congreso de los Diputados, Manuel Marín , aseguró en su alocución que Miguel Herrero de Miñón es el único político que ha conseguido que el ex presidente del PNV Xabier Arzalluz “se parta de risa”.

No me extraña. Las carcajadas de Arzalluz no habrán hecho sino redoblarse ante esta explosión de papanatismo manifiesto. Eso sí, todo muy prestigioso y muy ‘normal’.

El 9-M cada vez más cerca y el amodorramiento generalizado sigue reinando. La mayoría de los ciudadanos españoles parece querer ignorar los peligros reales e inmediatos que conlleva aceptar estas tesis de ‘sentimentalización’ de los derechos y de la política; tesis con las que tan fructíferamente comercian los políticos nacionalistas y sus aliados de diverso pelaje.

Quedan poco más de 100 días. Pongamos la primera piedra hacia el cambio de tendencia. Nos corresponde a los ciudadanos. A todos.

domingo, 25 de noviembre de 2007

Algo está pasando en España...

VENDIENDO PANES

El sistema democrático se alimenta de procesos electorales en los que cuenta, la imagen de los candidatos y de la los partidos; esta última, varía muy lentamente: cada partido ha ido acumulando, a lo largo del tiempo un "grupo histórico de leales" que constituye, dicho sea en términos económicos, su fondo de comercio.

Si en el pasado esta lealtad pudo sustentarse en la defensa de una causa: un conjunto de principios propios y distintivos de cada formación política, lo cierto es que, para los partidos mayores, la motivación de los votos leales va, cada vez más, apoyándose, no en el apego a principios propios, sino en el odio a lo ajeno. O mejor dicho, en el odio a la caricatura de lo ajeno. Así, la lealtad ideológica se convierte en lealtad sectaria y, por lo tanto, irracional e inexpugnable.

Muy mal lo tiene que hacer un partido para perder apoyos de este grupo de votantes y, aún así, el castigo no pasa, las más de las veces, de la abstención; raramente al voto a un tercer partido en discordia; el castigo no llega, prácticamente nunca, a traducirse en un voto al Gran Satán (el gran adversario).

Dejemos a los sociólogos estimar cuántos son los votos incondicionales de los dos grandes partidos españoles. Sabemos que representan la casi totalidad de los votos recibidos en la convocatoria a la que ha concurrido, cada uno de ellos, en peores circunstancias. Por ejemplo, el PSOE en 2000 o el PP en 2004.

Con esto resulta que, a medio plazo, uno de los dos grandes partidos va a gobernar siempre. ¿Cuál de ellos? El número de votantes no comprometido de antemano o free float del mercado electoral es bastante reducido, aunque decisivo para determinarlo. El sentido del voto de esta pequeña franja de electores da lugar a varias posibilidades:

  • Respaldo al partido en el Gobierno: suele producirse por la percepción de una buena labor desarrollada; lamentablemente, esta buena percepción no depende tanto de indicadores objetivos como de los estados de opinión transmitidos por los medios. De ahí la indecente y obsesiva tendencia de los gobiernos a controlar los medios de comunicación.
  • Respaldo al partido de la oposición: suele producirse tras el impacto de algún torpedo especialmente eficaz en la línea de flotación del Gobierno.
  • Respaldo a otros partidos: esta posibilidad florece en un clima de hartazgo de los dos grandes. Hay dos grupos radicalmente distintos de "otros partidos":
    • Por una parte están los partidos de intereses especiales (PIE's) que normalmente responden a los intereses de las clases dominantes de un territorio.
    • Por otra, los partidos de alcance nacional (PANES) que proceden de la conciencia social disidente.

Mientras los PIES disponen, a escala reducida de mecanismos de control social análogos a los de los grandes partidos, la posibilidad de influencia práctica de los PANES es muy exigua.

Por una parte, el porcentaje mínimo de votos requerido para obtener un escaño les deja, matemáticamente, fuera de juego, salvo en las principales circunscripciones; por otra, para transmitir su mensaje a los votantes no comprometidos, necesitan medios de comunicación no alineados, una bella especie tan abundante como el lince ibérico.

Pero esto no condena inexorablemente al fracaso a los PANES. Hay un factor muy importante que puede jugar en su favor: el factor humano.

Nuestra sociedad mediática se alimenta incesantemente de personajes. Una organización diciendo algo nuevo no es noticia; una persona diciendo lo mismo, ya tiene más interés. Sobre todo cuando es una persona joven, agraciada, de mirada limpia, que no insulta ni descalifica, que presenta argumentos racionales y no consignas demagógicas y, lo más difícil, que seduce sin pretenderlo.

Una persona de estas características tiene algunas papeletas para romper la barrera de los grandes medios y muchas para ser bien recibido y escuchado en foros y organizaciones sociales. Una persona de estas características puede generar una dinámica que asegure, razonablemente, que el PAN que ofrezca se venda mejor que otros similares, por más que los sucedáneos sean voceados por viejos vendedores más conocidos y por más que estos hayan cerrado celosamente su tahona.

Hace falta, eso sí, que unos cuantos sigamos dispuestos a meternos en harina.

Juan Manuel Ortega y Díaz-Ambrona

Lo inmediato y lo esencial, como el escorbuto

Existe un debate en diversos ámbitos que es muy propio de periodos electorales, pero que creemos que puede esconder una verdad importante.

Dícese que "la gente", por no decir "el vulgo", está ahíta de tanta discusión soberanista, de tanta polémica sobre el modelo de Estado y las reformas constitucionales, de tanta controversia sobre la igualdad de derechos. Según esta teoría, "la gente" (léase los votantes) están preocupados por problemas "reales" como la vivienda, la educación, la carestía de sus compras, la inseguridad….y les importa un adarme el supuesto desguace de España anunciado por los agoreros.

No podemos dejar de notar la poco edificante visión del pueblo español (Cataluña y País vasco ibéricos incluidos) que mantiene tal teoría. Seríamos un pueblo garbancero y sanchopancista, sin gota alguna de clarividencia ni de altura de miras. Para una nación que ha recorrido el paso de la dictadura a la democracia como lo ha hecho, se nos antoja injusto. Hemos de añadir que esa visión no siempre es inocente, ni mucho menos. Si uno distrae a "la gente" (léase los electores) de problemas estructurales, la demagogia y el populismo se hacen más fáciles.

Pero otro es nuestro interés; quisiéramos centrarnos en la supuesta dicotomía entre "problemas reales" e inquietudes ajenas a la mayoría. Primero quisiéramos recuperar el vocabulario correcto. Los problemas que plantea la crisis territorial de España y sus consecuencias sobre su gobernabilidad chantajeada son absoluta y totalmente reales. Luego por ahí no se pueden oponer a los otros. En segundo lugar, hay que reconocer que existen, para los ciudadanos, problemas cotidianos acuciantes, inmediatos, y sería ofensivo negarlo. Luego tenemos dos tipos de problemas reales.

De forma palmaria, los problemas que hemos llamado inmediatos han de ser objeto de tratamiento en los programas electorales, y se han de encontrar alivios y soluciones de urgencia (la vivienda, por ejemplo), porque la vida es cotidiana e inmediata. Nadie discute eso y estamos seguros de que el Partido Ciudadanos contemplará en su oferta electoral propuestas de soluciones a esos problemas acuciantes. Y además serán propuestas honestas, lo que no es la regla universal…

Pero ¿significa eso que los debates sobre el modelo de Estado y sus consecuencias son frívolos, inútiles e intrasladables a "la gente"? Todo lo contrario. En la situación actual de nuestra nación, España, esas polémicas subrayan la existencia de graves problemas, no sólo reales, sino esenciales. ¿Qué queremos decir por esenciales? Respuesta fácil pero importante: entendemos que la mayoría de los problemas acuciantes e inmediatos sólo se podrán resolver de verdad, estructuralmente, si se resuelven previamente los problemas constitucionales de la configuración territorial y de la gobernación de España.

Dicho de otro modo, ¿Alguien cree que se va a solucionar el lamentable estado de la Educación en España con diecisiete sistemas distintos y enfrentados? ¿Alguien cree que la carestía de la vida no tiene que ver con la desaparición de la unidad de mercado en España? ¿Alguien cree que el problema de la vivienda se podrá resolver con el poder sobre el suelo en manos de tropecientos taifas? ¿Alguien cree que la sanidad podrá ser igual para todos los ciudadanos con diecisiete instituciones desiguales e insolidarias? Y, sobre todo, ¿Alguien cree que se podrán arreglar los problemas comunes si el Gobierno está sometido a quienes promueven medidas insolidarias sólo para alguna región? Inundaríamos páginas con preguntas tan simples y evidentes como éstas, para llegar a la misma conclusión: si no se resuelven los problemas reales que marcan el campo de juego, que establecen la dinámica política, esta última no podrá ser efectiva en la solución de los problemas cotidianos.

Por eso una tarea importante, que permite luchar contra los populistas y demagogos que encontramos por doquier, es, precisamente, respetar a los ciudadanos y a su inteligencia abriéndoles los ojos y haciéndoles ver que deben y debemos encontrar alivios y "parches" a sus cuitas inmediatas, pero que la solución verdadera depende de resolver los problemas estructurales. Dependen la prosperidad y la paz, de ellos y de sus hijos.

Es como el escorbuto. Se sabe que deteriora muchísimo las uñas. Existen alivios para ese dolor acuciante y una manicura inmediata disimula el deterioro de las uñas, pero quien se quede ahí y no vaya a lo esencial, a curarse el escorbuto, lo va a pasar muy mal. La diña con las uñas pintadas, si no las ha perdido justo antes.

Por eso es importante y fasta la jornada sobre el modelo de Estado en España y sus aspectos económicos y educativos que Ciudadanos- Partido de la Ciudadanía ha organizado para el día 24. A ver si diagnostican nuestro escorbuto y su posible cura.

Enrique Calvet

viernes, 23 de noviembre de 2007

Los comunistas

Publicado en la Vanguardia


Francesc de Carreras


La idea que hoy se suele tener de los comunistas es manifiestamente injusta con lo que muchos de ellos realmente fueron. Es muy fácil - y muy creíble porque en parte es cierto - despachar el asunto por la cómoda vía de afirmar que los comunistas eran tan totalitarios como los nazis o los fascistas, todos ellos un trágico y lamentable episodio de la historia europea del siglo XX. Un juicio de esta naturaleza es simplista, incompleto y, en definitiva, falso. Los comunistas han sido eso pero también algo muy distinto: sin ellos probablemente las actuales democracias europeas no hubieran llegado a ser lo que hoy son. La vida de Gregorio López Raimundo, fallecido el sábado pasado en Barcelona y enterrado con la sencilla discreción que a él tanto le gustaba, constituye un claro ejemplo.


Situémonos en el período de entreguerras, desde el final de la guerra europea hasta 1945, con la derrota de la Alemania nazi y de la Italia fascista. Recordemos también la crueldad de las bombas atómicas arrojadas innecesariamente sobre Hiroshima y Nagasaki. En este período los comunistas mostraron todos los horrores del totalitarismo estalinista y toda la generosidad de las luchas contra los totalitarismos de signo contrario.


Ciertamente fueron comunistas los primeros que asolaron mediante el terror la Unión Soviética: desde la implacable dictadura que ya se anunciaba con la frase "¡libertad ¿para qué?", atribuida a Lenin por Fernando de los Ríos en 1920, hasta las purgas de los años 1937 y 1938 y el infierno del "gulag". Pero también muchos comunistas fueron heroicos resistentes a los totalitarismos fascistas, nazis y franquistas. Curiosa paradoja e indudable realidad: unos que se llamaban comunistas eliminaban todo vestigio de libertad en unos países, otros que también se consideraban comunistas encabezaban otros países la lucha por la misma libertad.


Escaso éxito parece haber tenido la obra de Flotats sobre Stalin y es una lástima. No es una gran pieza de teatro pero tiene gran interés porque allí aparecen entremezclados los dos ejemplos de comunistas: los que han sido víctimas y los que han sido verdugos. Obviamente Stalin es el comunista verdugo, un verdugo complejo: cínico, maquiavélico, burocrático y déspota. Pero también las víctimas de ese verdugo son comunistas: la infeliz pareja de enamorados o el honesto médico que dirige el hospital. El comunismo ha sido a la vez un ideal de vida generoso y un siniestro sistema de organización social. Y los comunistas, en muchos casos, no supieron darse cuenta a tiempo del papel que estaban jugando en medio de tal embrollo. Por ello hay comunistas y comunistas, buenos y malos. Sin entender eso, no se entiende la historia.


Gregorio López Raimundo fue un notorio protagonista de esta época. Entró en el PSUC con poco más de veinte años, en plena guerra civil, siguiendo las huellas de su hermano, poco después asesinado. Tras la derrota, dedica su vida a luchar contra el franquismo siempre a través de procedimientos democráticos: a la violencia nunca se la debe combatir con las mismas armas sino con la fuerza legítima que sólo da la razón. Su hermoso libro de memorias "Primera clandestinidad" escrito en una brillante prosa inhabitual en alguien que no es escritor, constituye un testimonio inapreciable sobre las inmensas dificultades para rehacer una trama de oposición al franquismo en la inhóspita Barcelona de los años cuarenta. Al final, es detenido y condenado a muerte. Tras una campaña de apoyo internacional, fue indultado in extremis junto a otros compañeros. Podía haberse retirado: la Unión Soviética le hubiera dado cómoda acogida. Pero lo suyo no era la comodidad sino la lucha, el ideal. Vuelve a la clandestinidad a principios de los años sesenta ya convertido en mito y pronto se convierte en el rostro invisible de la dirección de los comunistas catalanes.


Por aquellos años circula el rumor de que Gregorio reside en Catalunya pero nadie – casi nadie, claro – le conoce. En 1971, el Guti anuncia a la llamada "comisión de unidad" que el camarada Martín asistirá a una de sus reuniones. Todos ponen cara de sorpresa menos yo, ignorante de la identidad que se escondía tras dicho nombre de guerra. El lugar de reunión se prepara con gran minuciosidad: debe utilizarse una casa de alguien que no sea del partido y sus dueños nunca deben saber quiénes han sido los asistentes. La plácida y bondadosa apariencia de Gregorio, sus educadas maneras de comportarse, me dejan fascinado. Se debate el último comunicado de la ejecutiva, un documento extenso y farragoso. Recuerdo una objeción: no es cierto, como se decía en el texto y en muchos anteriores, que Andreu Nin fuera trotskista al ser asesinado. Gregorio se muestra de acuerdo, dice que nunca más aparecerá tal error en un documento y cumple la promesa.


Gregorio escuchaba y aprendía, sus contactos con los militantes no eran para dar órdenes sino para enterarse de lo que sucedía a su alrededor. Si el PSUC dirigió la lucha antifranquista en Catalunya fue porque su dirección estaba en el interior y conocía lo que sucedía en la sociedad. Al cabo de poco me lo encuentro en un kiosko, hojeando periódicos. Se da cuenta, desvía la mirada y desaparece rápidamente, sin cruzar palabra. Así era su vida, así era la dura clandestinidad. Así eran aquellos honrados comunistas que calladamente tanto contribuyeron a la vuelta de la democracia en España.



Francesc de Carreras


Catedrático de derecho Constitucional de la UAB

Los antifascistas, fascistas

Publicado en Libertad Digital


Antonio Robles


Hay una tendencia a considerar como comportamientos ultraderechistas aquellos que se identifican con la indumentaria clásica de los fascismos de la primera mitad del siglo XX. A saber: botas militares, esvásticas nazis, banderas españolas con aguiluchos franquistas, etc. Su ADN está encarnado en esa indumentaria; su sola presencia basta para evocarnos las pesadillas del totalitarismo. No necesitan reivindicarse; la patente de sus símbolos agresivos tampoco peligra: nadie los quiere, todos los temen. Sin embargo, es una especie en extinción. Su territorio natural en España ha ido reduciéndose a medida que aumentaban independentistas y grupos antisistema. Si se fijan, semejantes especimenes se concentran en Madrid, en Valencia y en algunas otras capitales o espacios donde grupitos aislados de nuevos racistas entran en colisión laboral con la nueva inmigración. Y curiosamente, en Cataluña, Euskadi y Galicia esos energúmenos o, para ser más exactos, quienes se revisten de tales símbolos han desaparecido casi por completo.


La pregunta es simple, pero inevitable: ¿es que sólo hay fachas en Madrid? Y por contraposición: ¿las comunidades nacionalistas son un antídoto contra el totalitarismo y la violencia ultraderechista?


Sería una simpleza aceptar la primera y una imperdonable estupidez la segunda. La respuesta la hemos de buscar en la pereza intelectual de una generación cuyo biberón moral se alimentó del rechazo a la parafernalia nazi, fascista y franquista como universo cerrado y finito del totalitarismo. En vez de buscar el fascismo en los comportamientos, se conforman con las apariencias simbólicas. Y no han reparado en que, desde la transición para acá, las respuestas autoritarias a los retos ideológicos, demográficos, raciales, lingüísticos y territoriales se visten de otras maneras y reivindican otros fines.


Consideremos, por ejemplo, la estética Jarrai: camisetas a rayas horizontales, coletillas, pañuelos palestinos al cuello, calzado de montaña y aspecto sucio y desaliñado; ese es el uniforme de los cachorros de ETA. En nada se parecen a los paramilitares nazis, pero son igualmente violentos; amenazan y agreden en grupo con el rostro cubierto y sus actos vandálicos son tan gratuitos como sus homólogos de la ultraderecha. Sólo tienen una diferencia: los jarrai se creen antifascistas y los fascistas se sienten orgullosos de serlo. Los Maulets en Cataluña, la CAJEI (coordinadota d'assemblees de joves de l'esquerra independentista) o las JERC, por poner sólo tres ejemplos, no matan ni se visten como los fascistas de los años treinta del siglo pasado, pero insultan, agraden, rompen cualquiera cosa que simbolice a España (como las vallas con el toro de Osborne o la bandera constitucional española) y boicotean, asaltan o amenazan a quienes se atreven a defender ideas no nacionalistas. Albert Boadella es uno de los últimos exiliados, aburrido de aguantar tanta inmundicia excluyente.


Y es que mientras en las comunidades no nacionalistas los cachorros nazis carecen de empresas épicas a las que adherirse, en Cataluña, País Vasco y ahora Galicia encuentran cobijo en las reivindicaciones independentistas. Ahí existen espacios para su agresividad sin tener que soportar los inconvenientes de una simbología que sataniza a quien la emplea. En estas comunidades nacionalistas encuentran cobijo y apoyo en numerosas ayudas institucionales en nombre de la recuperación de la lengua o las reivindicaciones nacionales. Su comportamiento los delata, pero su indumentaria y su lenguaje reivindicativo los hace pasar por víctimas cuando sólo son verdugos.


Las sanciones lingüísticas, la imposibilidad de estudiar en la lengua oficial del Estado, el desprecio continuado por los símbolos constitucionales, su autosuficiencia y manipulación históricas, sus exclusiones culturales, la utilización de las leyes a través de las mayorías parlamentarias para vaciar a la mitad de los ciudadanos de sus derechos constitucionales, etc., son rasgos propios del racismo cultural que han quedado camuflados en las propias instituciones porque es en ellas y desde ellas desde donde ejercen todo el poder.


Como se dice en Galicia a propósito de las brujas: no existen nacionalistas fascistas, pero haberlos, hailos.


Antonio Robles

jueves, 22 de noviembre de 2007

Días de agua en Dogville

Publicado en soCiedad.es


Félix Ovejero


Según parece, en la parte no costumbrista ni bullanguera de sus estatutos, varias comunidades autónomas están dispuestas a incluir «el derecho a disponer de sus ríos». La locura colectiva nunca es una explicación, sino su ausencia, de modo que habrá que buscar otras razones para entender cómo también en estos asuntos se ha desatado la delirante carrera por «lo propio». También ahora, por supuesto, decorada con apelaciones a la «libertad, la solidaridad, la igualdad». Incluso, a la sostenibilidad. Sólo echo a faltar la identidad. Ahora déjenme que les hable de una película. Quienes no se durmieron durante la proyección, quizá recuerden la historia que Lars von Trier nos contaba en Dogville. Una mujer, el personaje interpretado por Nicole Kidman, perseguida por unos gánsteres es acogida a cambio de algunos trabajos en un pequeño pueblo de las Montañas Rocosas. Más tarde, cuando las gentes de Dogville descubren la importancia de la refugiada para sus perseguidores, sus exigencias se desatan, hasta llegar a las fronteras de la esclavitud. Se convierten en los principales beneficiarios del aumento del precio de la protección. Poco a poco, su comportamiento resulta más miserable. El de todos. La protagonista no está amasada con mejor barro, como lo confirma su venganza final. El enfático director, respetuoso con nuestra imbecilidad, se siente obligado a subrayarlo por medio del narrador: «Seguramente ella se hubiera comportado de la misma manera si hubiera vivido en aquellas casas».


Qué duda cabe, los habitantes de Dogville no constituían un ejemplo de civismo. La tentación inevitablemente protestante es atribuir su comportamiento a una naturaleza humana destruida por el pecado. El solemne director no la evita como explicación última, pero su diagnóstico más inmediato parece precipitarse en un sombrío pesimismo sobre la falta de carácter. Puede ser. Muchas veces, al escarbar por detrás de lo que parece miseria moral no encontramos más que pobreza de espíritu, personas que se embarcan en biografías demasiado grandes para su capacidad de gestión. No es un problema sin solución. En realidad, la solución es trivial. Si se quiere evitar el comportamiento miserable, la prudencia recomienda evitar situaciones que nos vienen demasiado grandes. El problema de Lord Jim no era su cobardía, sino su profesión. Si uno no está a la altura, no se mete a trapecista. Como siempre, dar un consejo es más sencillo que ejecutarlo. Cuesta reconocer en uno mismo la pobreza de espíritu y no es fácil resistir la vanidad de muchos retos. Por lo demás, ninguna salida es airosa y la excesiva cautela también tiene su reverso: por evitar los retos se evita la exposición al mundo y, con ello, la vida se empobrece.


Pero Dogville era un pueblo y los diagnósticos calvinistas ayudan poco a entender a los muchos. En tales casos, de nada sirven las ingenierías del alma. La vileza colectiva es algo más que un amasijo de vilezas. En realidad, bastantes cobardías compartidas se abastecen de baladronadas privadas. Sietemachos, los jugadores de hockey sobre hielo, en sus manifestaciones públicas se mostraban contrarios al uso del casco, aunque, con la boca pequeña, reconocían su necesidad. Querían que les «obligaran» a usarlo, a no tener que ser unos valientes, pero les faltaba valor para decirlo. Son muchos los ejemplos en los que elegimos libremente limitar nuestra libertad. También para ser más libres. Ulises, temeroso de su flaqueza ante los cantos de las sirenas, ordenó a su tripulación que le atara al mástil y bajo ninguna circunstancia atendiera a sus órdenes posteriores de liberarlo. Nuestras constituciones nos impiden votar ciertas cosas que podrían poner en peligro nuestras libertades. Los habitantes de Dogville, seguramente, no estaban orgullosos de sus vejaciones, y, acaso, en el fondo de sus almas, preferían no comportarse como lo hacían. Cada uno podía desear que todos vieran cancelada la posibilidad de decantarse por la parte más despreciable de ellos mismos. Pero, pensaban, qué puedo yo hacer. Si sólo cambio yo, nada cambiará y, además, me tomarán por imbécil, no sin razones, porque perderé mis privilegios con la refugiada. El final de esas historias es conocido: gana el peor de nosotros mismos. Lo contaba impecablemente Gil de Biedma, hablando consigo mismo en un poema: «Y si yo no supiese, hace ya tiempo, que tú eres fuerte cuando yo soy débil, y que eres débil cuando me enfurezco…».


Volvamos a la política y al derecho a las aguas propias. Una circunstancia resulta llamativa en la reclamación de ese singular derecho. Todos dan gritos pero ninguno articula las palabras, ninguno es el primero en precisar su reclamación. Cada uno parece estar a la espera de lo que los demás hagan, para no quedarse atrás. Nadie es el primero porque todos quieren ser el último y poder añadir, como Groucho, «y dos huevos duros». Pero, como en Dogville, no debemos pensar que estamos ante un inevitable designio de la naturaleza humana. Al igual que los jugadores de hockey, quizá preferirían que «les prohibiesen» hacer lo que no quieren hacer. Preferirían la política, lo público, aquello que no les obliga a comportamientos heroicos e irrelevantes. Pero, con las reglas del juego que tienen, no les queda otra. Defender el interés general, de todos, en el propio Estatuto es un camino seguro al fracaso. Es ésa la única parte no retórica de la reclamación de «un acuerdo entre los partidos de ámbito nacional». Sólo es ésa, pero es fundamental, es la que relaciona a la política con la justicia, la que hace que en el debate democrático las consideraciones de igualdad y de justicia sustituyan al trapicheo negociador de «si no jugamos a lo que yo quiero, me llevo mi pelota».


¿Cómo acaban estas cosas? Como casi todo, mal. Les doy un ejemplo para que lo practiquen con los amigos. Subasten un billete de 100 euros, con la siguiente regla de juego: «El billete se lo queda el que más ofrece, pero paga el segundo en la puja lo que ha ofrecido». Prueben, prueben. Al principio, todos quieren jugar, ¿quién no está dispuesto a conseguir cien euros a cambio de uno? Claro que, inmediatamente, otro pensará lo mismo a cuenta de dos euros. Al rato, el dilema será: «Prefiero pagar 23 euros a perder 22». En cierto momento, alguien estará ofreciendo 97 euros para no pagar 96 y su reflexión ya será más calamitosa: «Cómo me escapo de aquí sin pérdidas». Poco más tarde estarán ofreciendo más de cien euros y la fiesta llevará camino de arruinarse. Le llaman «efecto Macbeth». Ya se pueden imaginar por qué.


A pesar del cenizo Von Trier, los seres humanos estamos dispuestos a asumir cargas personales por razones justas. No es buenismo antropológico. Tenemos pruebas empíricas y razones evolutivas para pensar que no somos unas malas bestias. Pero es tarea de la política dar cauce a esas disposiciones, dar forma institucional a la voluntad colectiva de establecer reglas que nos hagan más sencillo hacer lo que debemos hacer, que no obliguen a nadie a ser un héroe para ser un ciudadano. Mientras tanto, tristemente, al buen ciudadano se lo tomará por un gilipollas.


Por Félix Ovejero Lucas, profesor de Ética y Economía de la Universidad de Barcelona (EL PAÍS, 23/06/06)