lunes, 3 de diciembre de 2007

ISMOS CONFUSOS, ISMOS DELETÉREOS

A D. Raul Centeno, in memoriam

Una batalla, muy importante, que ha perdido, hasta ahora, la ciudadanía española, es la de las palabras. Es una pugna esencial, pues de ella depende que se pueda instalar en las mentes la ambigüedad, la manipulación y el engaño interiorizado. Podríamos intentar hoy hacer unas aclaraciones y despejar confusiones, una manera de ser más y mejores ciudadanos y de rendir homenaje a quienes luchan por ello.

Por ejemplo, se cree saber que, en España, existe el independentismo, aunque minoritario, en algunas regiones. El independentismo es una actitud política que tiene diversas manifestaciones. La más conocida, y más noble, es la que acompañó la descolonización. Es un independentismo legítimo y de justicia que consiguió liberar territorios y a sus gentes del dominio (militar) de una potencia extranjera que los sometía a regímenes legales y sociales especiales y nada honrosos (colonias). Por frecuente y mayoritaria, es fácil identificar esa visión con lo que acontece en España. Pero nada más lejos de la realidad. Ninguna de las regiones españolas donde ejerce el llamado independentismo es colonia desde la época de los romanos, y alguna, como las Vascongadas, no lo han sido jamás. Por lo tanto el componente liberalizador de la descolonización, que lo legitimaba, desaparece, y llegamos al concepto que hay que aplicar: en España, lo que existe, es el separatismo y conviene llamarlo por su nombre para ser consciente de ello.

Este concepto, básicamente, supone el afán, por parte de una oligarquía local organizada, de desgajar de una sociedad unida una o varias regiones, apelando a razones étnicas, sentimentales, económicas o de otro tipo. Frecuentemente, las razones argumentadas son manipulaciones demagógico-populistas, cuando no burdas mentiras. (Véase, por ejemplo, los libros de texto que se enseñan en algunas regiones españolas). El separatismo, a diferencia del independentismo descolonizador, entraña división entre lo que ya convivía de siglos de manera natural, libre y absolutamente igualitaria, introduciendo insolidaridad, ruptura de la convivencia ciudadana, agresividad, privilegios, egoísmos, visión tribal de la sociedad y alguna forma de racismo. Por eso, al que escribe estas líneas, el separatismo en antiguas naciones acrisoladas con lengua común le parece moralmente reprobable y socialmente inaceptable. En España, sin embargo, el separatismo, por razones que nunca se han explicado, se ha convertido en legal y su dañino ejercicio en absolutamente normal. Mala noticia para los ciudadanos europeos.

Volvámonos hacia otra voz que se mueve en la indefinición mental: el nacionalismo. Es tan etéreo ese nombre que suele necesitar un adjetivo para aclararse. Así se habla, por ejemplo, de nacionalismo “español”. ¿Y qué es? Si nos atenemos al artículo 30 punto 1 de nuestra Constitución: “ los españoles tienen el deber y el derecho de defender a España” parece que nacionalismo español sea una suerte de pleonasmo. Dicho de otra manera: es lo normal. Pero, en realidad, -de nuevo juego de palabras-, con ello se quiere señalar otro comportamiento, el de los que practican un aspecto inherente al separatismo, la exclusión. El “nacionalista español” no puede ser separatista (salvo que abogue por salirse de la Unión Europea) pero sí excluye, fanáticamente, de su visión de España a todo el que no comparta con él la creencia de que España es un tótem digno de adoración. Eso le puede llevar a posiciones de enfrentamiento con quien , considerándose español, no “sienta” España cómo él. Exacerbado, su fanatismo le puede llevar a la violencia. Sinceramente creemos que ese fenómeno, apenas organizado, representa en España un problema muy minoritario, pero combatible en todas sus manifestaciones excluyentes y violentas. Ser español nunca puede significar ser un talibán., o, por quedarnos aquí, un Torquemada.

También podemos oir hablar frecuentemente del nacionalismo “moderado”. De nuevo, ¿Qué es?. Lo mejor será acudir a las declaraciones de varios próceres representativos como Mas, Arzalluz, Ibarreche, Pujol (hijo). Se deduce de ellas que es un separatismo a largo plazo que no practica la violencia física para obtener sus fines. Obsérvese, dentro de la importancia de las palabras, que hablamos de coacción “física”, porque el ataque permanente sobre las mentes cándidas está a la orden del día. ¿Podría ser el nacionalismo moderado una demostración de amor o apego a determinada zona del Estado y a las cosas pertenecientes a ella, así como la decisión de trabajar para ensalzar, enriquecer y mejorar sus especificidades?. Podría ser, pero no es. En ese caso se llamaría regionalismo, no jugaría a restar, sino que sumaría, y, sobre todo, no sería excluyente, no rechazaría a la nación española, admitiría su condición de españolidad. Aspectos estos que no se dan ni en BNG, ni en CyU, ni en ERC, ni en EA ni en PNV, todos etiquetados como nacionalistas “moderados”. Quedémonos con lo que sus líderes han tenido, ya, la honradez de admitir; el nacionalismo moderado realmente es separatismo moderado en los medios que utiliza, pero con objetivos a medio plazo, nada moderados. Recordemos, con indignación sorda, que el hecho de que no utilice medios violentos no quiere decir que no se beneficie de la existencia de un separatismo violento y terrorista. A veces con indisimulado descaro ( el árbol y las nueces del inefable Arzalluz). ¿Se beneficia involuntariamente? Esperemos que así sea.

No es menester dedicar atención a la palabra soberanismo, porque no existe en el diccionario de la RAE y porque, sencillamente, significa independentismo, y en España, independentismo es separatismo.

Convendría, pues, ir llamando a las cosas por su nombre para no esconder su realidad ni su gravedad. Hablemos de los ismos que son de verdad (fanatismo, separatismo, terrorismo, ), porque llegan a ser deletéreos. Por ejemplo, ayer murió un ciudadano de 24 años cuya labor era la de proteger y velar por la libertad de los ciudadanos españoles. Su muerte no es ajena a algún ismo de los que hemos citado, como tantas otras muertes. Dejemos a cada lector que decida cual y dejemos a cada elector que, a la hora de votar, se acuerde de la responsabilidad de los ismos en la consecución de una España de ciudadanos más libres y más solidarios.

Y agradezcamos por última vez a los ciudadanos guardia civiles víctimas de la barbarie de ayer que trabajaran hasta su último aliento por la libertad de los ciudadanos y no por ningún ismo.

Enrique Calvet

1 comentario:

Anónimo dijo...

Joder, es que no paras. ¡Cuánta vaciedad! Deberías ser el coordinador de la sectorial de Alpinismo, porque lo de trepar se te da como Dios.